El Pompidou se queda vacío

Casi cien años después de que Tristán Tzara escribiese el primer manifiesto, el museo parisino recoge la mayor exhibición DADA de principios del siglo XXI. Duchamp, Man Ray, Jean Arp, Picabia y muchos otros genios del movimiento dejarán estar al espectador en el vacío existencial de la Primera Gran Guerra. La experimentación y la búsqueda de un “yo” sin nombre con un sentimiento común de culpabilidad.

No se asuste, esta temporada el centro George Pompidou seguirá teniendo las salas repletas de obras, y de visitantes. Dada, The Exhibition , así se titula la nueva muestra del museo francés, que estará abierta durante todo el mes de abril, y que presentará la mayor colección de piezas de la corriente más influyente del siglo XX.

Nada es la esencia que se extenderá por la mirada de todo aquel que decida conocer al padre del arte moderno, del ready-made. En definitiva del no-arte o antiarte. Nada es el cristal con el que todos los artistas vivieron los primeros años del siglo pasado y lo reflejaron en un cuadro sin lienzo (Picabia) o una fuente con forma de orinal (Duchamp).

Nada es DADA . Un intento de ruptura, una nueva salida y una nueva meta apuntada por aquellos que vivieron el hastío y la decadencia de una guerra mundial que enterró los valores sobre los que se iban a asentar los felices años 20.

Como toda historia, y más en España, el epicentro se encuentra en un bar. No uno cualquiera, si no uno con estilo: el Cabaret Voltaire, en Zúrich. Una taberna de alterne convertido en café literario por Hugo Ball y su mujer, la actriz Emmy Hennings. En febrero de 1916 abrió sus puertas a artistas jóvenes para animar la creación experimental. Música negra, lecturas y recitales, incipientes “jazz bands” y los poemas simultáneos (influencia de H.M. Barzum y el futurista Russolo) leídos con varias voces.

En la mayor ciudad de Suiza se encontrarán artistas como Jean Arp, Richard Huelsenbeck o Tristán Tzara, que participarán en el único número de la revista con el mismo nombre que el café literario. A ellos se sumaron pintores y escritores de diversa procedencia (Picasso, Marinetti, Modigliani, Kandinsky) lo que le dio mayor importancia y cohesión al grupo recién nacido.

A pesar de su intento de ruptura y de la tabla rasa desde la cual generar su nueva “concepción” artística, las influencias del resto de vanguardias anteriores como el cubismo o el futurismo estaban presentes. Sin embargo deseaban desvincularse de todas ellas, incluso repudiándolas; negaban su arte por el simple hecho de buscar un ideal y de estar sujetos a unas normas establecidas.

En este ambiente de desengaño y de incertidumbre, los refugiados empezaron a romper las normas de lo convencional, de lo establecido hasta entonces por el arte normativo. Así se abren dos frentes más junto al Suizo de Tzara: Alemania y Nueva York, donde aparecieron otros grandes: Duchamp, Man Ray, Picabia, Grosz, Ernst… De todos ellos no puede faltar la visita a la sátira de Grosz sobre la vida burguesa, ni tampoco la fotografía animista de Man Ray. El gran vidrio (La novia puesta al desnudo por sus solteros) de Duchamp es considerada una de las grandes obras del movimiento, que seguro no dejará indiferente.

Como tampoco dejaban indiferente las actuaciones y espectáculos de las veladas que organizaban. El espíritu autodestructivo lo encarnó uno de los personajes más estrafalarios, Arthur Cravan, que se batió en un combate de boxeo totalmente ebrio en la Plaza de Toros Monumental de Barcelona, cayendo en el primer asalto. En 1920 tuvo lugar otra velada en la “Maison de l´Euvre” en la que Picabia arremetía contra los cubistas con el Manifiesto Caníbal “El arte es un producto farmacéutico para imbéciles. El cubismo representa la penuria de las ideas. Los cubistas han cubicado los cuadros de los primitivos, las esculturas negras, las guitarras, y ahora van a cubicar el dinero” . Durante el festival Dada de la Sala Gaveau, el mismo año, se representó El célebre ilusionista de Philip Soupault. En el espectáculo se dedicaban a lanzar globos con nombres de personalidades conocidas, que Soupault explotaba en cuanto llegaban a sus manos. Más de una vez fueron apedreados con hortalizas por los escándalos que ellos mismos fomentaban.

Y como decía la máxima dadaísta de que “todo el mundo es director del movimiento Dadá” , corría paralelamente la de que “todos los dadaístas son directores de revistas” . Así surgieron multitud de publicaciones que intentaban expandir el movimiento y ofrecerle un punto de referencia a través del cual concentrar todo su espíritu. La más destacada fue Littérture, dirigida por Breton, Aragon y el propio Soupault. De hecho, el grupo de esta revista organizó una velada en febrero de 1920 y consiguió llenar la sala sólo por el hecho de que Charlie Chaplin asistiría al espectáculo.

Por su parte, Picabia tenía su propia tribuna (como gran “publicista” entre sus colegas) titulada 391 por ser el número de la Quinta Avenida en la que se encontraba la galería de Alfred Stieglitz, fotógrafo que introdujo el arte de vanguardia en los Estados Unidos.

De Picabia el espectador podrá disfrutar de sus caligramas y bigramas, entreviendo las influencias geométricas de los cubistas en sus lienzos y el maquinismo norteamericano.

La vertiente alemana del movimiento es la más politizada. Con el final de la época de Zúrich en 1918, Berlín, Hannover y Colonia aunarán las exposiciones dadaístas, así como las influencias de los expresionistas y el acercamiento de las filas socialrevolucionarias. En este sentido, Hans Richter, influido por el grupo de Zurich, forma la “Asociación de Escritores Revolucionarios” , que tras el estallido de los “putschs” de Munichs, muchos dadaístas se enrolarán buscando a su vez la revolución del arte. De aquí surgen autores como Heartfield y Max Ernst, que expondrán juntos en la capital alemana en una gran exhibición dadaísta en 1920, en la que también participará la sátira de Grosz.

Las referencias surrealistas de Ernst marcarán el continuo de esta variedad que Bretón encabezará más adelante. Así, en sus obras se dan los objetos imposibles conjugados con la geometría, el cubismo y los montajes. Curiosa cuanto menos la representación de un hombre encajado dentro de un edificio.

Con el Dadá el objeto se convierte en referente artístico carente de funcionalidad. Los objetos se presentan sin sentido convertidos en arte por la propia voluntad del artista. Y en esto el gran experto es sin duda Marcel Duchamp. La exposición recoge sus obras más conocidas y subversivas: el orinal presentado comoFuente , la Gioconda con bigote; piezas de cristal como El interrogante (que destaca la incertidumbre y la falta de valores) la rueda de bicicleta sobre un taburete o un portabotellas. Es lo que se conoce como el ready-made, la presentación de objetos cotidianos como obras de arte, en contra de la institucionalidad y el fetichismo de las creaciones. Su única función es escandalizar. De hecho, El gran vidrio no lo consideró acabado hasta que se fragmentó accidentalmente con su traslado a las exposiciones. Otros cuentan que la obra se rompió al estar guardada bajo la cama del mismo Duchamp.

El simbolismo aparece reflejado en las tablas superpuestas de Jan Arp y en su colorido; el collage tiene su lugar en los montajes de Hanna Hoch, y Marcel Janco reproduce una retrospectiva de los valores primitivos con máscaras; el teatro del absurdo lo recuerda René Clair y su Cañón en el tejado . Son piezas que reflejan ese estado de inquietud que la Guerra Mundial dejó en una generación esparcida en varios países. La ruptura con el pasado, con el arte establecido, las convenciones y el protocolo. Una protesta reflejada en sus obras que según sus autores “no deben durar más de cinco minutos”, porque Dadá es renovación y experimentación continua. Es la plasmación de la técnica del pegote de Kurt Schwitters y la poesía de recorte de Tzara. Son, en definitiva, expresiones de un vacío negado a sí mismo.

El espíritu autodestructivo empezó a materializarse a partir de 1921, con la escisión de Francis Picabia del resto de grupos: según Soupault se encontraban los que tenían vocación (Tzara, Breton) los convencidos (Soupault, Aragon, Eluard) y Picabia, que ya afirmaba que “el Dadá sólo ha existido de 1913 a 1918”. Con esta escisión las veladas se convirtieron en sesiones escandalosas donde más de una vez la policía asistió como invitada para evitar las peleas entre los propios dadaístas.

El fracaso del Congreso de París auguraba el fin del movimiento que apenas había resucitado con la “acción secreta del dadaísmo” (hoy en día se conoce como pintadas o vandalismo callejero) a lo que tampoco ayudaron las continuas cartas injuriosas que empezó a recibir Tristán Tzara, lo que provocó la acusación de todos contra todos y la desconfianza en el seno del propio grupo, ya debilitado e inmerso en la conspiración “Picabista”.

Un cuarto de siglo después, el propio Tzara explicó la principal causa del decaimiento de la escuela: “La tabla rasa, de la cual hicimos el principio directivo de nuestra actividad, sólo tenía valor en la medida que otra cosa debía sucederle” . Y así fue: el nihilismo dejaba paso al superrealismo para llenar ese vacío que las bombas de la Gran Guerra habían dejado al descubierto.

Dada no es nombre de Tango

Sin embargo, Dadá podría ser un paso improvisado del baile argentino: bien por la connotación de fuerza, bien por la escandalosa ejecución de su sensualidad. Pero no hablamos de baile, si no de arte. “DADA NO SIGNIFICA NADA” , así evitaba la discusión T.Tzara. Nada, vacío, falta: la idea que representaban en sus obras a través de la mirada absurda de todos. Quería reflejar en una sola palabra todo el espíritu del movimiento; evitar la idealización de la belleza en una palabra, acabar con la convención e identificación racional: DADA es nada, y nada lo es todo.

Otras teorías explican que la palabra apareció por influjo del azar (idea clave del “ismo”) al señalar una página aleatoria en un ejemplar del Petit Larousse: DADA apareció en la primera línea.

Los más románticos adornan la búsqueda en el diccionario con un cuchillo, y al separar el corte apareció la definición de DADA como el primer sonido que emiten los bebés cuando no saben hablar (lo cual recuerda a lo primitivo, lo primigenio del ser humano: la búsqueda de valores)

Los camareros del Café Terrasse de Zurich también intentaron adueñarse la creación, ya que todos los artistas exiliados pronunciaban perfectamente el “da-da” ruso que significaba Sí, Sí.

A pesar de ser un origen confuso, la esencia que Tzara quiso impregnar al nombre todavía sigue vigente, ya que es precisamente esa incertidumbre la que da la libertad a cualquier hombre para reconocerse en ella: ”DADA nació de un deseo de independencia, de desconfianza hacia la comunidad. Los que pertenecen a nosotros guardan su libertad” .

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Sobre mi

Autor: Bruno Ramos Lara. Periodista, redactor SEO web, fotógrafía digital y maquetación • Curioso y emprendedor digital

Publicado en: Reportajes

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