Vidas cruzadas

Después de 19 años, desde que la redacción del Plan General de Ordenación Urbana de Valencia dejase paralizados todos los proyectos, el Cabanyal-Canyameral sigue siendo el centro de atención para los 1.600 titulares afectados por la ampliación de Blasco Ibáñez. El emblemático barrio marítimo puede verse desentramado si el Tribunal Supremo falla a favor del Plan Especial de Protección y Reforma Interior. Mientras, los vecinos viven el día a día en la incertidumbre y con el miedo a perder un modo de vida cohesionado gracias al espíritu social de sus habitantes.

Pasear un domingo cualquiera por las calles del barrio del Cabanyal puede resultar muy interesante gracias a la actividad que se concentra en sus aceras. La gente sale a la calle, las tiendas ofrecen al paseante sus puestos de artesanía, los niños juegan en los parques; la diversidad cultural demuestra la integración que ha conseguido la convivencia en armonía de la clase trabajadora: gitanos, marroquíes, españoles de toda la península, y valencianos.

Desde 1993, el Cabanyal-Canaymelar está considerado como Bien de Interés Cultural por ser uno de los barrios históricos de Valencia que ayudaron al desarrollo de la urbe. Un barrio de pescadores, de trabajadores, de gente humilde que ha luchado desde el siglo XIX por el establecimiento de su comunidad.
Una cohesión a la que ha ayudado mucho la celebración anual de las Jornadas de Puertas Abiertas que desarrolla la plataforma Salvem el Cabanyal-Canyamelar. Una actividad que durante varios días pretende ser un punto de encuentro para la cultura del barrio, y que precisamente el día 4 de este mes ha arrancado su última edición: “Encuentro de escritores por el Cabanyal. El compromiso del escritor”.

Sin embargo, desde hace casi 10 años, esta Plataforma lucha por la conservación de la trama original del barrio y que el Plan Especial de Protección y Reforma del Interior (PEPRI) puede llegar a tirar abajo para prolongar la avenida Blasco Ibáñez. El acceso al mar de Valencia.

Junto a la estación del Cabanyal, cruzando la calle adentrándose en el barrio, se pueden ver todavía las casas abandonadas por derruir o rehabilitar, pero lo más curioso son las relucientes placas que indican: “Avenida Blasco Ibáñez”, donde tan sólo hay un aparcamiento descuidado lleno de baches.
La calle Francisco Eximenis desemboca en esta misma plaza, donde los escombros y el mal olor se acumulan en las viviendas abandonadas, en las que se pueden leer pancartas con el lema de “Salvem el Cabanyal”.

Entrando en la calle por la plaza, se aprecia el contraste con las casas de cinco pisos y en buen estado, a pesar de las pintadas en contra de la prensa y el gobierno local. Los mosaicos de azulejos predominan en las fachadas, símbolo de la decoración y arquitectura decimonónica en la que se construyeron. Aquí el ajetreo es mínimo, apenas hay gente en la calle a medio día. El Forn Vicen parece el único establecimiento que cobra vida frente a la soledad de los derribos.

Vicenta Sebastián regenta esta modesta panadería desde hace 23 años. Vive en la misma finca, donde está alquilada y comparte todo el tiempo libre con su hijo. Todas las mañanas hornea el pan de sus vecinos con el temor a verse desalojada por el PEPRI. Es una de las 1.600 viviendas afectadas por el Plan, aunque ella dice que aguantará “hasta que me tenga que ir obligatoriamente”. Su vida está en el barrio; una forma de vida llena de amigos y conocidos forjados durante más de dos décadas a la que no está dispuesta a renunciar.

“Cabanyal 2010 se puso en contacto conmigo para que fuese a informarme sobre lo que podía hacer con mi vivienda, pero yo trabajo sola y no puedo”. Esta sociedad mixta es la encargada de agilizar la compra de viviendas afectadas por el Plan e informar sobre las posibilidades de reforma y rehabilitación de las viviendas. Sin embargo, Vicenta poco puede hacer, ya que su vivienda y su negocio serían derribados en el caso de que se apruebe el Plan. Además, al encontrarse en régimen de alquiler “me tendrían que reubicar en otra zona, y en las mismas condiciones, pero yo quiero lo que tengo aquí. Yo elegí el Cabanyal por su forma y estilo de vida; aquí lo tengo todo”.

Mientras despacha a los pocos clientes que entran en el local, y con la voz un poco más firme, comenta la escasa presencia policial, que se reduce a cuatro días en los que los “okupas” entraron en las viviendas abandonadas. “La venta de droga es evidente; no puedo dejar a mi hijo que salga por la calle cuando en la otra esquina se están drogando. Para mi, la estrategia del Ayuntamiento es meternos miedo para que vendamos cuanto antes”.

Casualmente, justo al hablar de la venta de drogas, entró una mujer con rasgos muy claros de adicción, y tras 5 minutos recontando el dinero para un refresco nos comenta que “aquí ya no vende nadie. Se han ido todos a la Malvarrosa. Aquí ya no hay droga”. Vicenta, con cara de escepticismo, reafirma: “así todos los días”.
Consuelo Martínez, vecina de enfrente y amiga de la panadera, mientras compra dos barras de cuarto anima el debate explicando que “el problema es la gentuza que viene al barrio, que se mete en las casas y las llenan de porquería”. A pesar de los prejuicios existentes sobre los gitanos, Vicenta niega que hayan problemas de integración: “aquí hay vecinos gitanos y nunca han dado problemas, están integrados en el barrio como los demás [inmigrantes] El problema son los que ocupan las casas y las deterioran”. La serenidad de sus palabras connota el conocimiento de causa, y parece que la casualidad hoy tiene una presencia especial en el horno, como un momento en la existencia en la que se entrecruzan las vidas de una película de González Iñárritu ( Amores perros ): una chica con rasgos de esta misma etnia pregunta por un bizcocho de hojaldre, y tras cruzar la puerta, Vicenta vuelve a reafirmar con la mirada: “esta chica viene todos los días y ya ves, sin ningún problema”. De hecho, sólo hace falta una mirada al final de la calle para saber cuál es el ambiente al que se han de enfrentar los vecinos diariamente, y no es precisamente el del racismo, sino lo que parece ser una falta de civismo.

Aguantar. Es la única opción que le queda a esta panadera pluriempleada hasta que la prolongación se haga inevitable. “Yo entiendo a la gente que quiere vender:cada uno mira por lo suyo, pero yo no lo comparto. Aquí en el fondo se mueve mucho dinero, y los que están en contra de la plataforma ven en la ampliación una solución a todos estos problemas”.

En un barrio obrero como este no resulta difícil hacerse una idea del esfuerzo que puede suponer trasladarse a una nueva vivienda, sumándole a demás el impacto de dejar toda una vida atrás y por obligación. Sin embargo, la idea que prevalece en la comunidad es que el Ayuntamiento no les va a ofrecer una buena alternativa: “Bien pagado, aceptaríamos todos”.

Curiosamente, César Mifsut (director técnico de Cabanyal 2010) apunta hacia la falta de información como el principal problema de esta situación. De hecho, en una explicación general sobre el Plan de ampliación, la idea es que los edificios nuevos del borde de la avenida sean de protección oficial para servir de realojamiento a los vecinos expropiados.

Aunque es una solución lógica, Vicenta (que no cuenta con mucho tiempo para discutir el asunto con la administración) no ve justo “que hagan una Ley de protección del patrimonio para echarlo todo abajo”.

La situación resulta bastante complicada. En proporciones son casi unas 5.000 vidas que van a tener que rehacer su trama de amistades para dejar paso a una avenida que el propio Blasco Ibáñez ayudó a idear hace dos siglos. Mientras tanto, muchos vecinos siguen aguantando la presión, y otros ya se hacen a la idea preparando los papeles de la escritura. La cuestión de fondo es si Valencia desea conservar su historia o, por el contrario, abrirse a la modernidad y al cambio con un nuevo acceso al mar. El tiempo lo dirá.

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Sobre mi

Autor: Bruno Ramos Lara. Periodista, redactor SEO web, fotógrafía digital y maquetación • Curioso y emprendedor digital

Publicado en: Reportajes

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